jueves, 8 de mayo de 2014

EL DON DEL ESPÍRITU






EL DON DEL ESPÍRITU

(Ezequiel 36:25–27)

Dios nos da su Espíritu …

1. Para limpiarnos del pecado:
a) El corazón del hombre está lleno de suciedad y de ídolos.
b) No hay en él nada digno, pero sin embargo el ser humano lo idolatra.
c) Los ídolos no están puestos en nuestros hogares, sino en nuestros corazones (Ez. 14:3).
d) Si bien esa inmundicia en ocasiones no aparece en monstruosidades muy manifiestas, habita en nuestra carne y nuestro espíritu, a los que contamina constantemente.
e) Por eso en el pasaje de Ezequiel 36:25–27, Dios afirma que el hombre está lleno de inmundicias y de ídolos, y que tiene un corazón de piedra.
f) Y para limpiarnos de todas estas cosas Dios nos imparte Su Santo Espíritu. El Espíritu nos limpia del amor al pecado y del poder del mismo. Pablo atribuye esta obra decididamente al Espíritu Santo (Ef. 5:25–27).

2. Para renovar el corazón:
a) Para ser efectivo un cambio debe ser radical (Mt. 12:33): por naturaleza, el corazón es duro e insensible, como una piedra. El entendimiento es ciego, la voluntad obstinada y la conciencia está cauterizada. El alma es insensible a su estado, porque está espiritualmente muerta. Por lo tanto, Dios quita ese corazón de piedra y pone en su lugar uno de carne. Pero Él no altera los poderes del alma; las facultades son las mismas como eran antes.
b) En cambio nos da «un corazón de carne»: es la característica del nuevo corazón, que es tierno. Es profundamente afectado por su propia condición de pecador. Se conmueve al ver las ilimitadas misericordias de Dios. Así es como el creyente es hecho una nueva criatura.

3. Para santificar la vida:
a) Dios, por medio de la renovación del alma, cambia también toda la esfera de la vida: la persona renovada anhela vivir en conformidad a los mandamientos de Dios (Ro. 7:22) y el Espíritu que mora en el creyente le capacita para obedecer la voluntad de Dios.
b) Él constriñe al creyente iluminando su entendimiento e inclinando su voluntad.
c) Él hace que se deleiten en recibir y obedecer Sus influencias.

4. La liberalidad de la promesa de Dios:
a) ¿A quién se hace esta promesa, sino a aquellos que son inmundos e idólatras?
b) Que nadie la rechace como si no le hiciera falta.
c) Antes, que todos echen mano de ella, e imploren ante Dios.

5. La idoneidad de la promesa de Dios:
a) ¿Puede concebirse algo más idóneo y apropiado que las cosas que se proponen aquí?
b) Que todos aquellos que conocen y sienten su necesidad de limpieza se regocijen en el hecho de que Dios les ha prometido el deseo de sus corazones.

6. El valor de la promesa de Dios:
a) Bien dice el apóstol que las promesas de Dios son «preciosas y grandísimas» (2 P. 1:4).
b) En la purificación y renovación de su alma el hombre puede tener todo aquello que desea.

tabernaculo del shaddai

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